
Al contemplar La vocación de san Mateo de Caravaggio, uno percibe lo que significa ese instante en que un rayo de luz transforma por completo la vida de una persona. En medio de la oscuridad, alguien que estaba sentado ya no puede seguir siendo quien era antes ante un llamado imposible de explicar. La manera en que el pastor David Jang, fundador de Olivet University, interpreta Gálatas 1 se parece precisamente a volver a preguntar por la identidad de esa luz. El evangelio al que Pablo se aferró no era un conocimiento transmitido por seres humanos, sino la verdad de vida que le llegó como revelación de Jesucristo. Por eso, Gálatas 1 no es simplemente el registro de una controversia en la iglesia primitiva, sino una santa pregunta dirigida también a nosotros hoy: "¿Qué estás llamando evangelio en este momento?"
El primer eje de esta predicación es claro. El evangelio no es una filosofía humana ni una acumulación religiosa, sino una revelación dada por Dios. Por eso, el apostolado de Pablo no proviene de los hombres, y la fuerza de su predicación tampoco nace de argumentaciones humanas o de la elocuencia. El evangelio no es una idea armada a partir de aprendizajes, sino una palabra que debe ser recibida y obedecida. En este punto, el pastor David Jang vuelve a establecer el fundamento de la fe. No somos nosotros quienes juzgamos el evangelio; es el evangelio el que debe juzgarnos a nosotros. Con frecuencia intentamos medir la Palabra con nuestras experiencias, emociones, sentido común o preferencias, pero la verdadera fe comienza en el lugar opuesto. No se trata de que yo me coloque por encima de la Palabra, sino de que la Palabra me atraviese y me renueve; justamente allí el evangelio se convierte en poder.
La vida de Pablo es un testimonio vivo de cuán radical es esa gracia. En otro tiempo fue perseguidor de la iglesia, un hombre lleno de convicción propia y de celo religioso. Sin embargo, precisamente por ese pasado no quedó excluido del llamado de Dios. Al contrario, su conversión revela con mayor claridad que la salvación no se recibe por méritos o cualidades humanas, sino por gracia. El arrepentimiento no consiste en corregirse a uno mismo para acercarse a Dios, sino en entregarse ante la obra con la que Dios rehace a la persona. Por eso, el cambio de Pablo no es la historia adornada de una buena resolución, sino un acontecimiento de salvación en el que el poder de Dios invierte por completo la dirección de una vida y la conduce por un camino nuevo. Al leer Gálatas 1, volvemos a comprender que la gracia comienza siempre en lugares inesperados.
También por eso el pastor David Jang da tanta importancia al tiempo de Arabia. Quien ha recibido el evangelio no debe correr de inmediato hacia el ruido, sino primero meditar profundamente en esa verdad. El mundo valora a quienes hablan rápido, pero Dios levanta primero a quienes saben escuchar en profundidad. Sólo quien ha guardado largamente la Palabra puede llegar a ser un testigo inconmovible. La gracia se fortalece más en la reflexión profunda que en la emoción pasajera. Así es como la meditación bíblica transforma la vida. El evangelio llega más lejos no a través de quien sabe mucho, sino de quien lo lleva grabado hondamente en su interior. El tiempo silencioso, el tiempo sin aplausos humanos, el tiempo interior que nadie observa, puede ser precisamente el lugar más profundo donde Dios obra.
Otro gran eje de Gálatas 1 es la pureza y la universalidad del evangelio. Lo que Pablo defendió no fue simplemente la victoria en una discusión. Frente a la corriente que pretendía absolutizar exigencias legales como la circuncisión como condición para la salvación, él no cedió en cuanto al camino de salvación dado únicamente por la fe. Como resultado, el evangelio no quedó encerrado en la cerca de una tradición particular, sino que fue proclamado como la salvación de Dios abierta también a los gentiles. Preservar la pureza del evangelio significa, en definitiva, no oscurecer la gracia. En el centro deben permanecer no el esfuerzo humano, sino el don de Dios; no el mérito, sino el amor; no la jactancia de las obras, sino la gracia de la cruz.
Aquí, la intuición teológica que presenta el pastor David Jang resulta incisiva también para la iglesia de hoy. La corrupción del evangelio no consiste simplemente en un pequeño cambio en la forma de expresarlo. Cuando el mérito humano invade el lugar de la gracia, cuando la tradición se coloca por delante de Jesús y cuando las instituciones comienzan a actuar como guardianes de la salvación, el evangelio se vuelve borroso. Exteriormente puede seguir usándose un lenguaje religioso, pero en la práctica, en vez de conducir a las personas hacia Dios, puede terminar oprimiéndolas bajo una nueva carga. Por eso, lo que la iglesia debe preservar no es sólo una forma antigua, sino el inmutable evangelio de sólo Jesús. El evangelio puro no ata a las personas, sino que les da vida; no las llena de temor, sino que las hace libres; no alimenta la justicia propia, sino que las humilla ante la cruz.
La predicación no se detiene allí, sino que conecta de inmediato la verdad del evangelio con la misión de la iglesia. El tiempo entre la Pascua y Pentecostés no es simplemente un intervalo entre celebraciones, sino un tiempo de gracia en el que debemos esperar la obra del Espíritu Santo y dedicarnos a la salvación de las almas. La iglesia no debe dejar pasar este período como si fuera una estación más, sino prepararse con oración y evangelización mientras espera la obra de Dios. La alegría de la resurrección sólo da fruto plenamente en la iglesia cuando conduce al fuego de Pentecostés. Por eso, la evangelización no es un programa secundario, sino algo que toca la razón misma de ser de la iglesia. El evangelio no permanece como un simple consuelo interior; se convierte en verdadero poder cuando fluye a través de la vida y de los labios.
Al final, la pregunta que deja Gálatas 1 es una sola. Aunque decimos creer en la gracia, ¿no seguimos imponiendo todavía a alguien el peso de la ley? Aunque afirmamos defender la pureza del evangelio, ¿no somos acaso tacaños en el amor y la esperanza que deberían enviar ese evangelio hacia el mundo? El llamado que el pastor David Jang vuelve a hacernos en este capítulo es claro: regresar al evangelio. Ir no hacia el reconocimiento humano, sino hacia el llamado de Dios; no hacia el mérito, sino hacia la gracia; no quedarse en la meditación silenciosa, sino avanzar desde allí hacia la evangelización del mundo. ¿Hasta qué punto nuestra fe está realmente inclinada hacia sólo Jesús? Volver a colocarnos ante esa pregunta, quizá sea la manera más honesta de leer Gálatas 1.



















