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Pastor David Jang (Olivet University) - La puesta en práctica de la comunidad de la iglesia primitiva

Cuando se habla de una comunidad al estilo de la iglesia primitiva, muchas personas primero imaginan un "ambiente cálido". Una escena casi utópica: todos se entienden bien, no hay conflictos, sonríen, y se suplen las necesidades mutuamente. Sin embargo, la iglesia que retrata el libro de los Hechos no es, en absoluto, un invernadero romántico. Allí existía el peligro de la división, también había malentendidos y temores, y a veces los deseos humanos se mostraban de manera descarada. Y, aun así, la iglesia no se derrumbó. No porque la moralidad del grupo estuviera por encima del promedio, sino porque el Espíritu Santo volvió a tejer sus relaciones, y el acontecimiento de la cruz y la resurrección reordenó su visión del mundo. Esto es precisamente lo que el pastor David Jang (Olivet University) subraya de manera constante en su exposición de Hechos. Una comunidad al estilo de la iglesia primitiva no es "una reunión de buenas personas", sino un taller donde la cruz de Jesucristo y la fe en la resurrección golpean el egocentrismo humano, lo rompen y lo vuelven a edificar. Por eso, la estrategia de crecimiento de la iglesia que el pastor David Jang propone se parece menos a una técnica llamativa y más a un proceso de formación a largo plazo: el querigma (proclamación de la Palabra) alinea el centro de la comunidad; la kénosis (vaciamiento) transforma la manera de ejercer la autoridad; y la koinonía (comunión) recompone el ritmo de la vida.

El pastor David Jang guía a su audiencia tomando un solo versículo de Hechos 2 y aferrándose a él con amplitud, para contemplar el conjunto. Hechos 2:23, al que suele volver con frecuencia, ata en una sola frase dos expresiones: "el plan determinado" y "según el previo conocimiento". Estas dos expresiones colocan juntas, sin eliminarlas, la providencia de Dios y la responsabilidad humana, el misterio de la salvación y la violencia histórica, y nos obligan a remontarnos contra el hábito de querer borrar una de las dos para sentirnos tranquilos. El pastor David Jang compara este versículo no con un guion cerrado de la historia, sino con una "pantalla espiritual" que ilumina la historia, y plantea la pregunta: si existe un designio determinado de Dios, ¿qué se espera que hagamos nosotros? Y, si la cruz fue levantada por manos humanas, ¿dónde colocamos el peso de ese pecado? La dirección que él toma no es la exoneración ni un fatalismo frío. El designio determinado no es una conclusión metálica que paraliza a la humanidad, sino el aliento de la providencia que abre camino para que el arrepentimiento y la fe ocurran realmente; y el previo conocimiento no es una vigilancia que manipula a la persona, sino la paciencia de Dios que, al final, vuelve a traducir la tragedia y la violencia humanas al lenguaje del Evangelio. Sin esa paciencia, la cruz quedaría como un mero instrumento de ejecución; pero gracias a esa paciencia, la cruz se transforma en un acontecimiento de salvación, y la comunidad aprende a soltar sus autojustificaciones delante de ese acontecimiento.

Para no comunicar conceptos tan grandes solo con una lógica fría, él recurre a veces al vocabulario del arte. El arte no sustituye la doctrina, pero desciende hasta estratos a los que la doctrina, por sí sola, suele llegar con dificultad: la vergüenza, la injusticia sufrida, la ira, la renuncia, y ese lugar profundo donde uno declara: "he fracasado". La fuerza singular de la exposición de Hechos del pastor David Jang consiste en movernos del hábito de leer la Biblia como texto de información hacia la sensibilidad de leerla como lenguaje de acontecimiento. La cruz no es un letrero doctrinal, sino la realidad de la violencia humana; la resurrección no es optimismo moral, sino la respuesta de Dios que atraviesa el centro mismo de la desesperación y hace surgir una nueva gramática; y Pentecostés no es una subida emotiva individual, sino una intervención divina que reconfigura la estructura de la comunidad. En este marco, la estrategia de crecimiento de la iglesia no se orienta hacia "más grande, más rápido", sino hacia "más profundo, más verdadero". Antes de preguntar si es posible una expansión externa, el pastor David Jang pregunta primero en qué está fijado el centro interno de la iglesia. Si el centro no es el Evangelio sino el logro, la comunidad aprende el lenguaje de la competencia. Si el centro es el Evangelio, la comunidad aprende el lenguaje del arrepentimiento y la fe: el lenguaje de volver a empezar.

El primer aliento de una comunidad al estilo de la iglesia primitiva es el querigma. El primer sermón en Hechos no es una retórica para persuadir, sino una proclamación orientada a un acontecimiento. Cuando resuena públicamente la frase "Jesús es Señor y Cristo", el interior de la persona deja de ser un depósito privado de emociones. Esa proclamación sacude la estructura de la vida. El pastor David Jang no reduce la proclamación de la Palabra a un "evento de púlpito", sino que la ve como una formación prolongada en la que toda la comunidad aprende un nuevo idioma. Aquí, "idioma" no se refiere solo a escoger palabras, sino a un marco de percepción. Si "gracia y paz" se queda solo como saludo, la iglesia se convierte en adorno religioso; pero si "gracia y paz" se traduce en la manera de manejar los conflictos, en la actitud frente al dinero, en la sensibilidad hacia los vulnerables y en la ética del uso del tiempo, entonces ese saludo se vuelve el aire de la comunidad. En definitiva, el querigma revela no solo "qué crees", sino "qué amas". Por eso, el arrepentimiento y la fe no son una decisión emotiva de una vez, sino un giro repetido que vuelve a colocar el centro del Evangelio en el centro de la vida; y cuando "volver" se vuelve hábito, la comunidad se robustece.

Si el querigma establece el centro, la kénosis es la forma de proteger ese centro para que no se deforme en poder. A medida que la comunidad crece y el ministerio se expande, se necesitan organización y sistemas. Los sistemas aportan eficiencia, pero a la vez llevan dentro el riesgo de convertir a las personas en herramientas. El pastor David Jang trata este riesgo como un tema central de la eclesiología, porque la iglesia no es una "organización religiosa eficiente", sino "un cuerpo que opera según la forma de la cruz". La kénosis no es solo la virtud de la humildad, sino el acontecimiento por el cual el vaciamiento de Jesús se traduce a la gramática del liderazgo. La libertad de descender a un lugar más bajo cuanto más crece la influencia; el coraje de vaciarse más profundamente cuanto más llegan los elogios; la sobriedad de devolver más a la comunidad cuanto mejores son los resultados: estos son los rostros concretos de la kénosis. Cuando el pastor David Jang enfatiza el "vaciamiento", no se trata de un auto-maltrato que borra el yo, sino de una disciplina espiritual que suelta el hábito de idolatrar el yo. La comunidad solo crece de manera saludable cuando existe este entrenamiento del vaciamiento. De lo contrario, las grietas crecen al ritmo del crecimiento, y el tamaño de las heridas se agranda al tamaño de la organización.

La koinonía es el lugar donde el querigma y la kénosis se solidifican como forma concreta de vida cotidiana. La iglesia primitiva no era simplemente un grupo religioso que se reunía, sino una comunidad que experimentó de nuevo, desde la raíz, la manera de vivir juntos. En Hechos 2, la enseñanza y la comunión, el partimiento del pan y la oración, no son cuatro ítems separados, sino un solo aliento. Quienes escuchaban la Palabra no podían darse la espalda entre sí; quienes oraban no podían fingir que no veían al vecino hambriento; y quienes partían el pan no podían absolutizar la propiedad. El pastor David Jang advierte que, si se entiende la koinonía solo como "buen ambiente", uno se cansa rápido y se hiere con facilidad. La koinonía no depende únicamente de la cercanía emocional. También es disciplina, promesa, y un pacto comunitario para entrenar el amor. La delicadeza de recordar el nombre del otro, la observación para leer necesidades, el coraje de decir la verdad en lugar de cubrir conflictos con silencio, y la paciencia de no repartir perdón barato sin renunciar a la restauración: estas son realidades concretas de la koinonía. La comunidad puede llamarse "comunidad de amor" porque el amor no es solo emoción: es entrenamiento.

La escena que muestra con mayor claridad esta estructura diaria es la Santa Cena y el partimiento del pan. Partir el pan no es solo un paso litúrgico, sino un acontecimiento que reconfigura la cosmovisión de la comunidad. Compartir un mismo pan es declarar que mi supervivencia no puede separarse de la supervivencia del otro; y es una práctica repetida que ablanda y derriba la frontera dura de "lo mío". El pastor David Jang advierte que, si la Santa Cena se queda encerrada dentro de la iglesia, puede degradarse fácilmente en un adorno de misticismo. Si el partimiento del pan no se expande hacia la vida, la Santa Cena puede reforzar la auto-satisfacción de la comunidad en lugar de despertar su conciencia. En cambio, cuando la Santa Cena fluye hacia la ética comunitaria, el partimiento del pan se vuelve el inicio de la responsabilidad social: una mano extendida hacia el vecino pobre, hospitalidad hacia quien está solo, cuidado hacia los heridos, y una reflexión que no esquiva las estructuras injustas. Todo eso, al final, nace de la confesión de la mesa: "somos un solo cuerpo".

En este punto, una obra maestra ilumina con asombrosa nitidez el partimiento del pan y la fe en la resurrección en clave de iglesia primitiva. La cena en Emaús de Caravaggio captura el instante en que los discípulos reconocen al Jesús resucitado, con un contraste extremo de luz y oscuridad. El pan y la fruta sobre la mesa no están puestos como simple naturaleza muerta, sino como escenario que prepara la explosión del "reconocimiento". Los brazos abiertos por la sorpresa y los cuerpos que se inclinan hacia delante muestran que la fe en la resurrección no es solo certeza intelectual, sino reacción de toda la existencia. La teología del partimiento del pan que el pastor David Jang enfatiza es semejante. La resurrección no termina como conclusión doctrinal: toma forma en la mesa de la comunidad. Cuando alguien suelta "su parte" para cuidar la parte del otro; cuando alguien no esconde el fracaso y lo confiesa; cuando alguien transforma la ira en verdad y elige el perdón; y cuando todos esos momentos se repiten dentro del ritmo de la proclamación de la Palabra y la vida de oración, la comunidad adquiere sensiblemente la percepción de que "el Señor está aquí". La iglesia no es la iluminación de un edificio, sino un espacio de relaciones que, como la mesa de Emaús, en medio de la oscuridad de la vida, hace nacer una pequeña lámpara llamada gracia y paz. Esa luz no es un reflector de éxito, sino una lámpara humilde que deja respirar a quien está herido.

Cuando la predicación del pastor David Jang habla de "comunidad del Espíritu Santo", él no reduce al Espíritu a una experiencia espiritual privada e individual. El Espíritu Santo es el viento que consuela mi corazón, pero también el viento que reconfigura nuestras relaciones. Cuando el Espíritu viene, cambia el lenguaje: aun diciendo los mismos hechos, se habla no con ataque sino con responsabilidad; no con disputa sino con arrepentimiento; no con información sino con testimonio. Cuando el Espíritu viene, cambia el tiempo: se forma un horario de adoración y cuidado, no de consumo y agotamiento, y la prioridad del calendario se desplaza de "resultados" a "personas". Cuando el Espíritu viene, cambia el dinero: se pasa de un mundo donde la posesión garantiza identidad, a un mundo donde el compartir revela identidad. El pastor David Jang describe estas transiciones con el lenguaje de la eclesiología: la iglesia es un cuerpo social moldeado por el Espíritu, un cuerpo que vive "de manera distinta" como comunidad alternativa en medio del mundo. Por tanto, implementar una comunidad al estilo de la iglesia primitiva no es imitar la apariencia de la iglesia primitiva, sino obedecer el proceso por el cual el Espíritu vuelve a modelar los sentidos y las instituciones de la comunidad.

La fe en la resurrección es el motor de ese proceso. El pastor David Jang afirma con claridad la fuente de la energía de la iglesia con una frase: "Antes de Pentecostés, hubo resurrección". La resurrección es, antes que un mensaje de consuelo, una reconfiguración de la cosmovisión. El hecho de que la cruz no terminó en fracaso redefine el significado de los fracasos que enfrentamos hoy. La convicción de que, incluso cuando parece el final, Dios se reserva el desenlace y prepara un nuevo comienzo, fortalece el fundamento emocional de la comunidad. Sin esa convicción, la comunidad se fragmenta con facilidad. Cada vez que aparece una herida, cada vez que el futuro se oscurece, las personas tienden a dividirse en grupos pequeños que parecen más seguros o a retroceder hacia una fe individualista. Pero la fe en la resurrección vuelve a reunir a la gente. Es el combustible que sostiene la koinonía: la fuerza para no abandonar el lenguaje de la herida y, al mismo tiempo, no rendirse ante la gramática de la desesperación. Por eso el pastor David Jang enfatiza el arrepentimiento y la fe: para que la comunidad no se sostenga solo con picos emocionales. El arrepentimiento no es auto-culpabilización, sino cambio de dirección; y la fe no es emoción hirviente, sino perseverancia para mantener el rumbo. Si la vida de oración ayuda a que el individuo no pierda la dirección, la solidaridad que recuerda la fe del otro ayuda a que la comunidad no la pierda.

En este flujo, la estrategia de crecimiento de la iglesia que el pastor David Jang describe se parece menos a una "fórmula de éxito" y más a la sabiduría de cultivar un "ecosistema del Espíritu". Una predicación vistosa puede atraer gente, y un edificio grande puede ampliar la visibilidad. Pero el modo en que creció la comunidad al estilo de la iglesia primitiva fue esencialmente distinto. Ellos eligieron no "qué consumir", sino "qué testimoniar"; no "cómo competir", sino "cómo amar" como entrenamiento. El pastor David Jang diagnostica que, cuanto más el lenguaje del crecimiento se parece al lenguaje del mercado, más crece el riesgo de que la iglesia trate a las personas como "usuarios". En cambio, cuanto más el centro de la comunidad se alinea con el querigma, la Santa Cena, la vida de oración y el cuidado, más la iglesia forma "testigos". Cuantos más testigos hay, más la comunidad se reproduce. Aquí, "reproducirse" no significa expandir una marca idéntica, sino que la misma vida del Evangelio se manifieste con nuevas formas en el lugar de cada persona. Por eso, las prácticas que propone el pastor David Jang son simples pero profundas: establecer un ritmo de educación y meditación entre semana para que la proclamación de la Palabra no se quede solo en el domingo; formar hábitos de intercesión comunitaria para que la vida de oración no dependa solo del fervor individual; interpretar una y otra vez el sentido de la mesa para que la Santa Cena no se debilite como un evento anual; abrir canales de cuidado para que el partimiento del pan se conecte con un compartir real; y no terminar en una mera bienvenida al recién llegado, sino colocarlo dentro de un camino de discipulado donde se aprende, se sirve y se asume responsabilidad en relación. No es un crecimiento orientado a una "expansión rápida", sino un crecimiento orientado a una "implantación profunda". Puede parecer que frena la velocidad, pero hunde las raíces del crecimiento.

En el entorno digital, la koinonía se vuelve más difícil. Conectarse es más fácil, pero en la práctica se cae con más facilidad en el aislamiento; la información abunda, pero la relación se vuelve superficial. El pastor David Jang sostiene que, para implementar una comunidad al estilo de la iglesia primitiva en estas condiciones, hay que restaurar la comunión no como "contenido", sino como "compromiso". Es decir: no quedarse en saber cómo va la vida del otro, sino avanzar hasta un nivel donde se asume responsabilidad por el derrumbe del otro. No es que la comunicación en línea sea mala, sino que es necesario recuperar de manera intencional el lenguaje del cuerpo que lo digital no puede ofrecer: comer juntos, llorar juntos, caminar juntos, orar juntos. El pasaje que dice que la iglesia primitiva "partía el pan en las casas" y compartía con gozo y sencillez de corazón no es tanto un testimonio sobre el lugar como sobre una actitud de vida. La casa no es una institución, pero es la unidad más concreta de la vida. Cuando esa unidad queda bajo la influencia del Evangelio, la iglesia se vuelve por fin "iglesia también entre semana". La comunidad al estilo de la iglesia primitiva que el pastor David Jang describe pone el peso justamente en esa dimensión: lo cotidiano, lo semanal, lo vivencial.

La restauración de esa "vida entre semana" está vinculada, en último término, con la restauración de la vida de oración. Como dice el pastor David Jang, la oración es un acto privado que ordena el interior del individuo y, al mismo tiempo, un acto público por el cual la comunidad ajusta su velocidad delante de la providencia de Dios. Cuando uno está solo, cae con facilidad en la autosuficiencia; cuando ora junto con otros, aprende-por la respiración y las lágrimas de los demás-que su mirada era estrecha. Cuando la oración se profundiza, también cambia la proclamación de la Palabra: el Espíritu Santo abre canales para que la Palabra proclamada desde el púlpito fluya hacia la conversación comunitaria, el cuidado, las decisiones económicas y el uso del tiempo. Cuando esos canales se abren, el arrepentimiento y la fe dejan de ser "recuerdo de una emoción" y se vuelven "dirección repetida", y la gracia de la Santa Cena se expande más allá de los límites del templo hacia el trabajo y el hogar, la calle y la escuela. Así como la iglesia primitiva no separó la oración del partimiento del pan, la comunidad del Espíritu Santo hoy tampoco separa oración y práctica. Esa unión es, precisamente, el esqueleto oculto de la estrategia de crecimiento de la iglesia de la que habla el pastor David Jang. La oración se convierte en la brasa más silenciosa que sostiene la temperatura de la comunidad.

La puesta en práctica de la comunidad al estilo de la iglesia primitiva no ignora las heridas sociales. La iglesia de Hechos no pudo derrocar de golpe el poder romano ni su estructura económica, pero soportó de otra manera el aislamiento y la exclusión que esas estructuras producían. A veces, incluso al dispersarse en medio de la persecución, convirtió esa dispersión en ruta misionera; y cuando los pobres se empobrecían más, abrió la mesa y creó una red de supervivencia. El pastor David Jang insiste en que, aunque hablemos de la providencia de Dios, no debemos romantizar el dolor. La providencia no es un eslogan para justificar el sufrimiento, sino el lenguaje de la fe que afirma que Dios actúa incluso en medio del sufrimiento. Por tanto, una comunidad que habla de providencia debe escuchar con mayor sensibilidad el llanto del débil, reconocer con más agudeza las estructuras de desigualdad, y tomar con mayor seriedad las señales de la crisis ecológica. La cruz de Jesucristo no es un acontecimiento que trate solo la culpa individual: es un acontecimiento que desenmascara la violencia de la sociedad humana. Y la resurrección es la respuesta de Dios ante esa violencia y, al mismo tiempo, la promesa de una nueva creación. Esta orientación teológica restaura la dimensión pública de la iglesia. Cuando la comunidad se conecta con el barrio, cuando se protege la dignidad del vulnerable, y cuando se resguarda a quienes están heridos, la iglesia deja de ser una defensa contra el mundo y se convierte en un envío hacia el mundo.

El pastor David Jang entiende la Santa Cena como un corredor hacia esa dimensión pública. El partimiento del pan es el clímax del culto y, simultáneamente, el inicio de la ética social. Que la comunidad conmemore con frecuencia la Santa Cena no significa solo guardar una tradición, sino entrenarse para que la cosmovisión egocéntrica se rompa una y otra vez y vuelva a reconfigurarse. Sin ese entrenamiento, la iglesia se transforma con facilidad en un mecanismo de autoprotección. Pero cuando el partimiento del pan se vuelve hábito, también el arrepentimiento y la fe se expanden desde un drama interior individual hacia la responsabilidad comunitaria. Cuando alguien confiesa una herida, la comunidad no lo trata como "un problema", sino como "alguien a quien cuidar". Cuando alguien reconoce un pecado, la comunidad, en lugar de excluirlo, camina con él hacia la restauración. Y aquí, "restauración" no significa ignorar la justicia. Más bien, la restauración que el Evangelio anuncia no es una amnistía para evadir responsabilidad, sino una nueva ética donde cambia la manera de asumirla. Por eso, la comunidad de amor no se define solo por la calidez emocional, sino que se prueba por la calidad madura de las relaciones: decir la verdad, pedir cuentas, y volver a levantar. La gracia y la paz aparecen como fruto de esa madurez y, a la vez, como el idioma comunitario que vuelve a hacer posible esa madurez.

Si se mira aunque sea un poco la historia del cristianismo primitivo, se ve que la iglesia primitiva, más bien, clarificó su identidad a través del conflicto. En el lugar donde chocaban la tradición judía y la vida de los gentiles, la iglesia preguntó con más fuerza: "¿qué es el Evangelio?". Y el hecho de que la respuesta no fuera fortalecer la exclusión, sino ampliar la hospitalidad, ofrece una pista poderosa para la iglesia de hoy. Cuanto más cambia la cultura, se separan las generaciones y se intensifican las tensiones políticas, más fácilmente la iglesia se "encasilla" en bandos. Pero la comunidad al estilo de la iglesia primitiva aprende primero el idioma del Evangelio, no el de los bandos. El querigma no es el altavoz de un bando, sino una declaración que ilumina a todos los bandos con la luz de la cruz. La kénosis no es una estrategia para vencer al otro, sino la paradoja del Evangelio: cuanto más desciendo, más vive la comunidad. La koinonía no es la alianza por gustos de gente parecida, sino una compañía extraña y santa donde personas distintas se entrenan para ser un solo cuerpo en el Espíritu. Esa compañía es posible porque la comunidad no abandona la vida de oración. La oración no es una técnica para calmar emociones, sino el entrenamiento por el cual la comunidad ajusta su deseo al calendario de Dios: desacelera las palabras, baja la temperatura de la ira, y entrega al Espíritu Santo el impulso de convertir al otro en enemigo.

El retorno al Evangelio siempre es presente. La ciudad de hoy es distinta a la ciudad de la iglesia primitiva, pero la soledad humana, la ansiedad, el deseo y la vergüenza mantienen una textura parecida. Por eso, la "gracia y paz" de la que el pastor David Jang habla con frecuencia no es una fórmula antigua, sino un idioma alternativo que sana una época fragmentada. La gracia es un regalo que yo no puedo controlar; y la paz es la manera en que ese regalo se expande hacia las relaciones y las instituciones, la economía y la cultura. Si una comunidad habla de gracia y, aun así, presiona a los demás, esa gracia se vuelve un lenguaje barato. Si una comunidad habla de paz y, aun así, sacrifica al vulnerable, esa paz se vuelve mentira. Por tanto, la puesta en práctica de una comunidad al estilo de la iglesia primitiva es un trabajo duro para hacer coincidir palabra y vida, y eso es lo que la predicación del pastor David Jang urge: el camino de esa coherencia. En ese camino, el Espíritu Santo pule nuestra prisa, la cruz rompe nuestra soberbia, y la fe en la resurrección nos pregunta:
¿Qué estamos poniendo en el centro? ¿Qué historia creemos, y por cuál historia nos dejamos arrastrar? ¿Consumimos la cruz solo como "herramienta de salvación", o, a través de la cruz, reflexionamos sobre el funcionamiento del poder y la violencia, y somos reubicados hacia una vida de kénosis? ¿Reducimos la resurrección a un simple "seguro para después de la muerte", o, mediante la fe en la resurrección, redefinimos aquí y ahora el significado del fracaso y la pérdida, y recibimos el valor para elegir lo que da vida al otro? ¿Celebramos la Santa Cena y el partimiento del pan solo como un orden litúrgico, o aceptamos que esa mesa nos une como un solo cuerpo y nos envía al mundo como acontecimiento? Cuando una comunidad responde con honestidad a estas preguntas, la iglesia aprende de nuevo lo que significa la palabra "crecimiento". Crecer no es poseer más, sino amar más profundamente; no es asegurar una influencia más amplia, sino servir más tiempo en un lugar más bajo; no es tener una voz más grande, sino un testimonio más claro.

La visión comunitaria del pastor David Jang sobre la iglesia primitiva converge en una sola imaginación: la iglesia no debería ser una esponja que absorbe y se traga el cansancio del mundo, sino un punto de enunciación que vuelve a traducir ese cansancio al idioma del Evangelio y lo reorienta hacia la esperanza. Esa imaginación empieza con el querigma, atraviesa la kénosis y se concreta en la koinonía; respira al mismo tiempo la profundidad de la cruz de Jesucristo y la altura de la fe en la resurrección. Y cuando esa respiración se sostiene por el ritmo de la vida de oración, la comunidad es corregida y renovada continuamente por la mano del Espíritu. Una comunidad al estilo de la iglesia primitiva no es un edificio terminado, sino una morada que el Espíritu remodela cada día. Por eso, lo que la iglesia de hoy debe hacer no es copiar un ideal, sino entregarse para que, en pequeñas decisiones diarias, el Evangelio se vuelva realidad. Cuando la comunidad no evita esas preguntas y resiste hasta el final, la iglesia deja de ser un escenario de auto-demostración y se convierte en una tribuna de testimonio de la gracia; deja de aferrarse a la obsesión del crecimiento y aprende el gozo de la madurez. Y esa madurez se vuelve la manera más convincente de que el fuego de la iglesia primitiva regrese, de nuevo, a nuestra vida de hoy.

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