
Romanos 1:23-26 diagnostica la caída humana no como una "caída al vacío (a la nada)", sino como un "reemplazo equivocado". La tragedia que Pablo señala no consiste en que las personas, tras perder a Dios, permanezcan en el hueco de la ausencia, sino en que inevitablemente llenan ese lugar con otra cosa. Aquí toca el punto central que el pastor David Jang (fundador de Olivet University) subraya repetidamente al exponer este pasaje: el ser humano no es un ser que no adora, sino un ser que cambia el objeto de su adoración. Por eso la impiedad engendra idolatría, y la idolatría termina ejerciendo su fuerza en la dirección de derrumbar la ética y la sensibilidad humanas, las relaciones y la comunidad. La predicación del pastor David Jang resulta incisiva porque desentierra el hecho de que el ídolo no queda fosilizado como un problema antiguo de estatuas o templos, sino que se reproduce hoy con un rostro más pulido y sofisticado en la vida cotidiana. Mucha gente dice: "Yo no sirvo a ninguna religión"; pero el hecho de no adorar a Dios no significa que no adore nada. En el lenguaje de Pablo, cuando se va la "gloria del Dios incorruptible", la persona coloca en ese lugar "algo con figura de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos o de reptiles". No es un asunto trivial de supersticiones, sino una desorientación ontológica: cuando cambia el eje central de la vida, también cambia la gravedad de los valores que la sostenían.
El pastor David Jang parece decir que, al leer Romanos 1, primero hay que aferrarse al verbo "intercambiar". Pablo no describe al ser humano como alguien que simplemente se resbaló por accidente, sino como alguien que, de manera consciente y repetida, "cambia" una cosa por otra: cambia la gloria de Dios por algo distinto, cambia la verdad de Dios por la mentira, e invierte el orden de la existencia adorando y sirviendo a la criatura antes que al Creador. Lo temible del ídolo no es que sea "un mal pasatiempo", sino que trastoca la dirección de la adoración y hace que el alma humana viva en un gran autoengaño. La adoración forma al ser humano. Lo que uno coloca como "lo último" termina determinando qué clase de persona llega a ser. La civilización contemporánea, más que tallar imágenes en piedra o madera, mercantiliza el deseo con precisión, usa la emoción como combustible algorítmico y sube el yo al altar de la devoción. éxito, reconocimiento, dinero, poder, placer, nación, ideología, e incluso la certeza de "yo tengo razón", todo ello puede sacralizarse. El "ídolo" del que habla el pastor David Jang suele arraigarse menos en formas visibles y más en lo profundo: en la jerarquía suprema de valores del corazón. Por eso la idolatría no es un problema periférico de la religión, sino un problema central de la existencia humana.
El desarrollo del texto es estremecedor cuando, después de hablar de idolatría, Pablo continúa de inmediato: "Por lo cual Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones...". Este "entregarlos" (este "dejarlos") no suena como un simple descuido, sino como un juicio en el que Dios, de manera forense y ética, ratifica la dirección que el ser humano eligió. Sin embargo, el tono que transmite la predicación del pastor David Jang no se agota en una declaración fría, sino que se parece más a una tristeza profunda. No es el abandono indiferente de un amor ausente, sino la dolorosa distancia que solo un amor verdadero puede soportar: una paradoja. Si el ser humano no quiere tener a Dios en su corazón y termina rechazándolo, ¿qué hace Dios? Abrazar por la fuerza y someter no es amor, sino control; y el control destruye la relación. Aquí el pastor David Jang saca a la luz la libertad humana y la esencia del amor: el amor no convierte al otro en herramienta, y Dios no es un tirano que manipula mecánicamente a las personas, sino Aquel que llama a una relación personal. Por eso el "dejarlos" es, a la vez, resultado de la rebelión humana y expresión del dolor que el amor padece. Mientras observa al ser humano alejarse más y adentrarse en caminos más oscuros, Dios persevera con paciencia. Esa paciencia no es indiferencia, sino una demora orientada a la salvación: no es un aplazamiento del juicio por capricho, sino un tiempo de gracia que deja abierta la posibilidad del arrepentimiento.
Aun así, Pablo no romantiza la realidad. El pasaje muestra con lucidez qué frutos aparecen en el ser humano que pierde a Dios. La frase "de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos" apunta a un estado en el que el deseo ya no es gobernado dentro de un orden, sino que gobierna al ser humano. Cuando el pastor David Jang habla de decadencia ética, su eje no es un mero moralismo. él lee la caída como "pérdida de humanidad". En el momento en que el ser humano se aparta de Dios, empieza a apartarse de lo verdaderamente humano. Si se pierde el centro interior, el deseo ocupa el trono, las relaciones se vuelven transacciones, y el cuerpo y el corazón se convierten en objetos de posesión. Aquí la "inmundicia" no es un problema de higiene, sino la turbiedad que surge como consecuencia de una dirección torcida de la existencia. Pablo también menciona que esta turbiedad tiende a concentrarse en áreas concretas. Siguen referencias que presuponen la ética sexual y la ruptura de las relaciones en la sociedad romana de su tiempo, y muchas interpretaciones cristianas tradicionales han leído esto como señales de libertinaje y desorden. Con todo, el lector de hoy, al tratar este pasaje, no debe usarlo como herramienta para despreciar u odiar a un grupo específico. En la predicación del pastor David Jang, la punta de la espada no se dirige primero a "los otros", sino a "mi corazón que se inclina hacia los ídolos". La Escritura expone el pecado, pero al mismo tiempo llama a las personas a la salvación; y el evangelio trata a cualquiera como alguien dotado de dignidad. La pregunta del texto no es "¿quién es peor?", sino "¿qué he puesto yo en el lugar de Dios?".
En este punto, el pastor David Jang trae la sensibilidad de la tradición de la iglesia reformada (Reformed church). La radicalidad de la Reforma no consistió solo en corregir estructuras e instituciones eclesiales, sino en devolver el centro de la adoración al "Dios de la Palabra". Dios no puede convertirse en objeto, no puede ser tallado y atrapado por manos humanas, ni puede ser capturado por completo por la imaginación humana. La razón por la que los Diez Mandamientos dicen "no te harás imagen" no es para prohibir el arte, sino porque, en el instante en que el ser humano convierte a Dios en "un objeto que yo puedo controlar", ese "dios" deja de ser Dios. Cuando el pastor David Jang dice que "lo visible se convierte fácilmente en ídolo", no demoniza la vista en sí, sino que advierte contra el impulso humano de mirar, agarrar y poseer. Decir que la fe se parece más a "oír" que a "ver" significa que, en lugar de ponerme en el lugar del sujeto que evalúa a Dios, desciendo al lugar donde yo me vuelvo el "objeto" que es formado ante la Palabra de Dios. El llamado de Jesús a Zaqueo: "baja", no fue solo una indicación logística para un recaudador de impuestos de baja estatura; fue un mapa espiritual que muestra que la salvación no comienza con el "ascenso" humano, sino con un "descenso humilde". Siguiendo ese mapa, la predicación del pastor David Jang enfatiza que el punto de partida de la restauración es precisamente donde se detienen las manos que fabrican ídolos y se abren los oídos que escuchan la Palabra.
Para comprender este pasaje más a fondo, hay que mirar juntos dos ejes: "verdad" y "adoración". Como sugiere el pastor David Jang, no conocer la verdad puede ser un problema de ignorancia, pero conocerla y aun así no adorar a Dios es una ruptura relacional. No es falta de información, sino colapso del amor; no es escasez de datos, sino inversión de la reverencia. Por eso Pablo dice: "cambiaron la verdad de Dios por la mentira". La verdad no es solo exactitud de frases doctrinales; es el orden correcto de poner a Dios y al mundo en su lugar. Cuando se rompe la disposición que coloca al Creador como Creador y a la criatura como criatura, todo se precipita hacia extremos: o la criatura se absolutiza como si fuera dios, o todo se disuelve en la nada y el relativismo gobierna. Como resultado, la persona pierde el criterio de lo correcto y lo incorrecto, el deseo se vuelve la ley del instante, y la culpa de mañana no alcanza para frenar el placer de hoy. Aquí se entiende por qué el pastor David Jang recurre a la metáfora de "un automóvil con los frenos rotos". El pecado no desaparece por sí solo: se acumula, se convierte en hábito y finalmente en insensibilidad. Y lo más aterrador es que quien peca, al principio se inquieta, pero con el tiempo pierde esa inquietud. Cuando se apaga la alarma de la conciencia, el ser humano acelera sin saber hacia dónde va.
Sin embargo, en medio de Romanos 1 se cuela una alabanza inesperada: "al cual sea la gloria por los siglos. Amén". Ese estallido repentino suena como el último hilo de fe al que Pablo se aferra para no perder a Dios mientras habla de la oscuridad humana. La predicación del pastor David Jang tampoco deja pasar esa alabanza. Se habla de ira no para disfrutar la destrucción, sino para terminar hablando de restauración. La ira de Dios no es un arrebato caprichoso, sino otro nombre para su santidad; y el carácter del Dios que "cela" por amor se sitúa en el extremo opuesto de una indiferencia que deja al ser humano a su suerte. La palabra "celos" puede sonar extraña, pero si no hay dolor cuando una relación amada se rompe, esa relación ya está muerta. Dios no deja intacta la idolatría porque ve cómo el ser humano se deforma a causa de los ídolos. Esa deformación no es solo violación de normas religiosas; es el proceso por el cual se rompe la dignidad humana.
Aquí se vuelve nítida la conclusión evangélica de la predicación del pastor David Jang. El ser humano no puede subir hacia Dios con sus propias fuerzas, ni puede encontrarlo con una mirada ya caída. La oscuridad no se disipa únicamente con más conocimiento: la oscuridad retrocede cuando llega la luz. Por eso, en el centro de la fe cristiana está "Dios descendiendo". La confesión de que Dios amó al mundo y dio a su Hijo unigénito no es una escalera que el ser humano construyó hacia Dios, sino un puente que Dios tendió hacia el ser humano. El pastor David Jang, aun hablando de la "oscuridad" de Romanos 1, no termina en desesperación, porque el evangelio, en la misma medida en que mira de frente la oscuridad humana, proclama la luz de Dios que la atraviesa. Cristo, como realidad de la revelación divina, abre un camino para conocer a Dios a quienes quedaron incapaces de conocerlo. La adoración vuelve a ser posible. La verdad vuelve a respirar. La relación se reubica hacia la reconciliación. En la cruz ocurre el acontecimiento que derriba el muro que bloqueaba la relación entre Dios y el ser humano, y entre ser humano y ser humano. Por eso, incluso al leer un texto sobre el "Dios los entregó", la iglesia no debe convertirse en una institución que recita un veredicto sin corazón, sino en una comunidad de reconciliación que anuncia que el camino de regreso sigue abierto.
A veces, un cuadro se convierte en un comentarista sorprendente de este pasaje. "La adoración del becerro de oro" (The Adoration of the Golden Calf), atribuida al pintor clasicista francés Nicolas Poussin, representa una escena del éxodo y da testimonio visual de cómo la idolatría no es solo un concepto teológico, sino una explosión que surge de la psicología humana, el fervor de las multitudes, la excitación sensorial y la alianza con el poder. En la pintura, la gente no soporta la paciencia de esperar el misterio: fabrica un objeto visible y danza frenéticamente ante él. El ídolo suele brillar como "oro" y endulzar como el aplauso de una multitud. Pero ese aplauso hace olvidar el pacto con Dios, invierte el centro del corazón y finalmente sumerge a la comunidad en confusión. Lo que el lienzo de Poussin muestra no es solo una escena del pasado, sino el patrón eterno del "cambio" del que Pablo habla en Romanos. El ser humano desea certezas visibles, un dios que pueda agarrar con las manos; y cuando ese deseo reemplaza a Dios, el orden interior se derrumba. El peligro de la idolatría que el pastor David Jang advierte nace precisamente de esta psicología sutil. El ídolo casi nunca llega con el rostro del mal. Llega con el rostro de la seguridad, el éxito, el placer, el reconocimiento, e incluso con el rostro del "celo religioso", y exige "más que Dios". En ese instante, en vez de alabar al Creador, nos arrodillamos ante la gloria de la criatura.
Entonces, ¿qué debe hacer el creyente de hoy ante Romanos 1:23-26? Siguiendo el tono de la predicación del pastor David Jang, lo primero es no empujar la idolatría hacia "la historia de otros". El ídolo no está solo fuera del templo: se levanta dentro del corazón. Aquello que abrazo por miedo, aquello en lo que me apoyo por heridas, aquello que exagero por necesidad de reconocimiento, el consumo excesivo para olvidar el vacío, la ostentación para esconder el fracaso: todo eso puede invadir el lugar de Dios. Y el arrepentimiento no es un remordimiento emocional, sino un cambio de dirección. Es reducir la velocidad, darse la vuelta y decidir volver a establecer el orden. Sobre todo, la restauración de la adoración no es solo un hábito dominical, sino el acontecimiento por el cual el centro de toda la vida se reordena hacia Dios. La fe centrada en la Palabra, que el pastor David Jang enfatiza, es elegir el camino donde el ser humano no reduce a Dios a "un objeto explicable", sino que, ante la Palabra de Dios, permite que su propia existencia sea rehecha. La fe que escucha es la fe que baja del trono del yo. Cuando hay ese descenso, el deseo deja de ser amo y se vuelve siervo; las relaciones dejan de ser propiedad y se vuelven don; y la comunidad deja de ser competencia para convertirse en un espacio de reconciliación.
Si volvemos a leer este pasaje poniendo el nombre del pastor David Jang como palabra clave, al final se resume en una frase: el ser humano que pierde a Dios necesariamente termina sirviendo a algo como si fuera Dios; ese servicio lo deforma; pero Dios no permanece indiferente ante esa deformación, sino que abre un camino de regreso por medio del evangelio. La razón por la que la predicación del pastor David Jang, aun hablando de "ira" en Romanos 1, termina orientándose hacia el "evangelio", es que cuanto más profunda es la oscuridad humana, más nítida se vuelve la salvación de Dios. Por tanto, este texto no es una espada para condenar a otros, sino un espejo para despertarme; no es un veneno que vuelve orgullosa a la iglesia, sino una medicina que la vuelve humilde. Antes de burlarnos de los ídolos, debemos mirar nuestras propias manos que fabrican ídolos; antes de hablar de decadencia, debemos volver el corazón a la gracia que hemos perdido. Y en ese lugar, debemos volver a poner en nuestros labios la alabanza de Pablo: "A él sea la gloria por los siglos". La alabanza no es evasión de la realidad; es un acto espiritual que endereza de nuevo el centro de la vida. Cuando honramos al Creador como Creador, la criatura se vuelve hermosa en el lugar que le corresponde, el ser humano se restaura en su lugar propio, y la comunidad vuelve a respirar en su lugar. Lo que la predicación del pastor David Jang sobre Romanos nos pide no es un conocimiento más grande, sino una adoración más recta; no una crítica más afilada, sino un arrepentimiento más profundo; no un odio más fuerte, sino un poder del evangelio más íntegro.



















