섹션

Juan 21 leído por el pastor David Jang

Juan 21 parece el "epílogo añadido" del Evangelio de Juan, pero en realidad es el epílogo más realista para mostrar cómo la fe en la resurrección vuelve a ordenar la vida y la comunidad. Aunque en Juan 20 ya se declara con claridad el "propósito de lo escrito", el hecho de que Juan 21 permanezca no es un simple apéndice: es para revelar que la resurrección no es solo una conclusión doctrinal, sino el punto de partida que realinea lo cotidiano de los discípulos y la dirección de la iglesia. El pastor David Jang (fundador de Olivet University) no reduce este capítulo a un relato privado de recuperación emocional de Pedro. Al contrario, lee Juan 21 como un texto de "orientación de la fe" que muestra con qué coordenadas debe navegar la comunidad posterior a la resurrección y qué fuerza hace posible esa travesía. El Jesús resucitado no se limita a comentar el fracaso de los discípulos: abre de nuevo un camino en medio del fracaso y condensa el destino de ese camino en una sola frase: "Sígueme". Por eso, Juan 21 puede leerse como el último capítulo del Evangelio y, al mismo tiempo, como el primer capítulo de la iglesia.

La escena que comienza en el mar de Galilea es intencionalmente ordinaria. El escenario del milagro no es el templo, ni la sinagoga, ni la plaza de la ciudad, sino el lugar de la subsistencia donde se repite el trabajo nocturno. Que Pedro y los demás discípulos vuelvan a la red y a la barca no significa necesariamente incredulidad; puede ser el movimiento natural de un alma desorientada que, sin saber hacia dónde ir, vuelve a hablar el lenguaje del hábito. El pastor David Jang se fija precisamente en ese punto: había "esfuerzo", pero la "dirección" se había vuelto borrosa; era una noche diligente pero vacía. Echan la red durante toda la noche y no consiguen nada. En el lenguaje simbólico propio de Juan, la noche suele reflejar falta de discernimiento, miedo y cálculos centrados en uno mismo. Incluso después de la resurrección, los discípulos pueden quedar atrapados en el ritmo de la oscuridad. Pero al amanecer, cuando la luz empieza a extenderse, Jesús aparece de pie en la orilla. Ese contraste imprime sensorialmente el significado de la resurrección: no es una declaración romántica que niega la oscuridad, sino una potencia real que atraviesa la materialidad de la noche y abre una mañana nueva.

Jesús pregunta: "Muchachos, ¿tenéis pescado?" La pregunta no es un interrogatorio que humilla; es una invitación para que los discípulos nombren con honestidad su realidad. "No." En esa respuesta breve caben límites, vacío, frustración y pérdida de rumbo. El pastor David Jang encuentra el primer paso de la fe no en presumir un "tener", sino en confesar un "no tener". Cuando se derrumba la autosuficiencia, se abre espacio para que entre la certeza de la Palabra. Entonces Jesús dice: "Echad la red al lado derecho de la barca". Puede parecer un consejo técnico, pero su esencia no es una mejora de método, sino un giro de dirección en la obediencia. Ellos han trabajado toda la noche del mismo modo. Sin embargo, una sola frase al amanecer traslada su labor a otra dimensión. La red se llena hasta casi reventar, pero no se rompe. Abundancia y preservación, expansión y unidad ocurren a la vez.

El pastor David Jang interpreta esta "red llena de peces" como una metáfora contundente sobre la orientación de la fe. A veces el fracaso no proviene de falta de esfuerzo, sino de desajuste de dirección. La costumbre de resolverlo todo con "esforzarse más" agota la fe; la palabra de Jesús, en cambio, nos hace volver a preguntar: "¿hacia dónde voy a echar la red?". En la vida cristiana, la dirección es, en el fondo, la dirección de la relación: a qué voz presto oído, qué voluntad tomo como criterio, y qué defino como "éxito". El milagro de Juan 21 no es solo un aumento de peces; es el evento en el que el Señor resucitado entra en la realidad de los discípulos para pedirles: "haz de tu relación conmigo el eje de referencia". Cuando se echa la red hacia la dirección donde está el Señor, es decir, cuando se reajusta la órbita de la vida a su Palabra, la fecundidad desborda las expectativas calculadas por el ser humano. Como el pastor David Jang suele repetir al predicar Juan 21: antes de ser una "carrera de esfuerzos", la fe es "obediencia de dirección".

Este milagro también es significativo dentro del gran relato bíblico. Así como al inicio del ministerio Jesús llamó a los discípulos usando el lenguaje de redes y peces, después de la resurrección los vuelve a llamar con ese mismo lenguaje. El pastor David Jang lo describe como "reactivación del llamamiento". La resurrección no es un poder que borra el pasado; es un poder que revive de nuevo, con amor más profundo y dirección más precisa, el llamado que Dios ya había dado. Para Pedro, la resurrección no es "una segunda oportunidad" en el sentido superficial, sino "la primera oportunidad" con una profundidad relacional distinta. Quien ha atravesado el fracaso no vuelve al mismo lugar como si nada: aunque parezca el mismo mar, la misma red y la misma barca, ahora el eje de la "Palabra" queda claramente establecido.

Que el texto registre un número tan concreto como "153" también es revelador. La tradición de la iglesia ha interpretado ese número de diversas maneras, pero ante todo, ese detalle impide que el milagro se disuelva en una emoción vaga. La fe en la resurrección no es un entusiasmo abstracto; viene acompañada de frutos y responsabilidades tan claros que pueden contarse. La red estaba llena, y los discípulos tenían que izar ese peso juntos. La abundancia es bendición, pero también es un llamado que exige trabajo comunitario. Por eso el pastor David Jang habla de la misión de la iglesia sin separar "fruto" y "encargo". La gracia nos da reposo, pero también nos pone en movimiento juntos. El poder de la resurrección es precisamente la fuerza que hace que no actuemos como jugadores solitarios, sino como cuerpo comunitario.

En esta escena también es clave el momento en que el discípulo amado dice: "¡Es el Señor!". No es que un resultado abundante produzca automáticamente reconocimiento; más bien, el ojo que reconoce al Señor es el que reinterpreta el resultado de otra manera. La fe no "deduce" a Dios a partir de un milagro para justificarlo racionalmente, sino que "reconoce" a Dios y, desde ese reconocimiento, reordena los eventos cotidianos. Pedro se ciñe la ropa y se lanza al mar. En ese movimiento hay pasión, pero también una decisión: enfrentarse a un pasado del que ya no puede huir. El pastor David Jang explica aquí el poder de la resurrección también como "poder que transforma la memoria". No podemos cambiar el pasado, pero el Señor resucitado cambia la forma en que el pasado nos define. La resurrección rompe la cadena de la culpa, pero no suelta el hilo de la responsabilidad: esa es la manera del Señor.

El fuego de brasas en la orilla recuerda el fuego de brasas de Juan 18, donde Pedro negó a Jesús tres veces. El recuerdo frío de aquella noche reaparece ahora como el trasfondo de una mesa cálida al amanecer. Jesús no borra el fracaso. En cambio, transforma el lugar del fracaso en el lugar de la restauración. "Venid, comed." La invitación llega antes que el discurso. El Señor resucitado primero alimenta a la comunidad, restaura la relación y luego confía una misión. El pan y el pez preparados evocan también la alimentación de Juan 6, insinuando que la vida de la iglesia crece sobre el ritmo de Palabra y mesa, cuidado y comunión. Por eso, cuando el pastor David Jang habla de la misión de la iglesia, el "cuidado" nunca está ausente: el punto de partida de la comunidad de la resurrección es esta gracia de la mesa. Antes de levantar grandes escenarios, la iglesia debe aprender a sentar a los heridos y darles de comer.

Las tres preguntas "¿Me amas?" no son un juicio que aplasta a Pedro; son el lenguaje de un pacto que reajusta la relación. El pastor David Jang ve aquí el núcleo del discipulado no en la "capacidad", sino en la "veracidad del amor". Jesús traduce el amor en misión: "Si me amas, alimenta mis ovejas." El amor no es exaltación emocional, sino responsabilidad que alimenta y protege al otro. Cuando la iglesia habla del poder de la resurrección, su forma más concreta es el cuidado; y el poder más bíblico es "la fuerza de alimentar a las ovejas". Esta escena redefine el liderazgo. El fundamento de la autoridad para cuidar a la comunidad no es el carisma ni el rendimiento, sino el amor al Señor.

No hace falta exagerar las diferencias de vocabulario amoroso en el texto original, pero al menos una cosa es clara: las preguntas de Jesús no buscan "medir" el amor de Pedro como un examen; buscan conducirlo a una confesión honesta desde su nivel real, y levantar la misión sobre esa honestidad. Cuando Pedro dice: "Señor, tú lo sabes", ya no se apoya en su propia justicia, sino en el "saber" del Señor, es decir, en su mirada penetrante y su gracia. El pastor David Jang advierte que, cuando el lenguaje de la fe busca solo belleza, puede perder la verdad. El Señor guía hacia un amor más profundo no por medio de confesiones grandilocuentes, sino por una confesión verdadera. Por eso la restauración no es una descarga emocional: es un evento donde se vuelven a levantar la dirección de la vida y el peso de la responsabilidad. A medida que se repite la confesión de amor, la mirada de Pedro se desplaza de su fracaso al rostro del Señor, y ese desplazamiento se convierte en el giro de dirección de la fe.

Es llamativo que Jesús no se limite a decirle a Pedro "reúne personas con la red", sino también "alimenta las ovejas". Este giro equilibra la comprensión de la misión de la iglesia. Si la red simboliza expansión y misión, alimentar a las ovejas simboliza formación, cuidado y crecimiento espiritual sostenido. El pastor David Jang subraya que Juan 21 no convierte a la iglesia en una simple organización de evangelización, pero tampoco la deja encerrada como una comunidad meramente introspectiva de cuidado. La iglesia debe acoger personas, pero también alimentar a quienes acoge. Debe dar fruto, pero conservar la red para que ese fruto no desgarre la comunidad. Cuando la iglesia moderna queda capturada por el lenguaje del rendimiento y del tamaño, Juan 21 nos sujeta de nuevo con el símbolo de una "red que no se rompe". Cuanto más se intensifican la diversidad y las diferencias, más evidente se vuelve que la fuerza que sostiene la comunidad no son los programas, sino el amor; y el poder de la resurrección, como lo expresa el pastor David Jang, se manifiesta como esa elasticidad del amor.

Jesús no se detiene ahí; anuncia también el futuro de Pedro. La frase "extenderás tus manos, y otro te llevará adonde no quieras" quita el romanticismo del discipulado y revela la realidad de la cruz. La fe en la resurrección no es un salvoconducto para evitar el sufrimiento; es un sentido de orientación que impide perder el camino en medio del sufrimiento. El pastor David Jang insiste aquí en que, cuando la iglesia habla del poder de la resurrección, no debe confundirlo con triunfalismo. Ese poder no significa una victoria secular que compite con el mundo en su misma lógica de poder. Más bien, el poder de la resurrección es la fuerza interior que permite cruzar el orden del miedo y elegir el amor hasta el final. En definitiva, "sígueme" no es un látigo que recuerda el fracaso pasado, sino una lámpara que ilumina el camino futuro. El discipulado posterior a la resurrección no es una vida "más liviana", sino una vida "más profunda", y esa profundidad incluye la posibilidad del padecimiento. Pero ese padecimiento se convierte no en destrucción, sino en forma de testimonio.

La escena en la que Pedro señala al discípulo amado y pregunta: "¿Y este, qué?" muestra una tentación típica que vuelve borrosa la dirección de la fe. La comparación distorsiona la brújula del alma y convierte la comunidad en un campo de competencia. La respuesta de Jesús es tajante: "Si quiero que él permanezca, ¿qué a ti? Tú, sígueme." El pastor David Jang enseña que esta escena invita a la iglesia a aprender una madurez que respete el llamamiento de cada persona. La comunidad de la resurrección no es una organización que clona un solo talento, sino un cuerpo donde diversas vocaciones se conectan armónicamente alrededor de un mismo Señor. Juan 21 también corrige el rumor sobre el discípulo amado, aclarando que Jesús no dijo que ese discípulo no moriría. La comunidad no debe sostenerse sobre rumores y conjeturas, sino sobre testimonio y verdad. Una razón más por la que el pastor David Jang lee Juan 21 como "nuevo comienzo de la iglesia" es que rescata a la iglesia de las olas de historias sensacionalistas y la asienta sobre el fundamento firme de "lo escrito" y "lo testificado". También hoy, en medio de un diluvio de información, la verdad puede volverse difusa. Por eso Juan 21 llama a la iglesia a recuperar una "ética del testimonio": escoger la verdad verificable por encima de la exageración, y la obediencia sostenida por encima del entusiasmo impulsivo.

Visto así, la "dirección" de Juan 21 no es una simple lección moral, sino una brújula existencial que nace de la relación con el Señor resucitado. Podemos movernos con prisa, pero el movimiento no es automáticamente misión. El esfuerzo no es automáticamente obediencia. Si la dirección se tuerce, la diligencia se vuelve trabajo en vano; si la dirección se alinea, una obediencia pequeña conduce a un fruto inmenso. La pregunta que el pastor David Jang repite al interpretar Juan 21 es, en el fondo, esta: "Ahora mismo, ¿según la palabra de quién y hacia dónde estoy yendo?". Cuanto más nítida se vuelve esa pregunta, más se desplaza la fe de la inseguridad de tener que demostrarse a sí misma hacia la paz de confiar en el Señor. Además, esta pregunta no se limita al individuo: determina la identidad de toda la iglesia. Qué criterio guía las decisiones, qué valores se ponen en el centro y con qué lenguaje se entiende el mundo: todo ello se convierte en la "dirección de la red".

En este punto, la perspectiva de la teología de la resurrección que enfatiza N. T. Wright amplía aún más el mensaje de Juan 21. Wright no reduce la resurrección a un "billete de escape" para huir a otro mundo al morir, sino que la lee como la declaración de que Dios ya ha iniciado la nueva creación. Por tanto, la resurrección es consuelo futuro y, al mismo tiempo, vocación presente. El flujo narrativo en el que los discípulos vuelven a la vida cotidiana y luego, por el llamado del Jesús resucitado, regresan a la misión, muestra que la resurrección no es una vía de escape de la realidad, sino el motor que renueva la realidad. El poder de la resurrección del que habla el pastor David Jang va en esa misma dirección: la resurrección no convierte a la iglesia en un refugio religioso aislado del mundo, sino en una fuerza propulsora para vivir en medio del mundo según el modo de la vida. Por eso Juan 21 nos hace preguntar, en el trabajo, la familia, las relaciones y la complejidad de la ciudad de hoy: "¿de qué manera vamos a echar la red?". "El lado derecho" no es, al final, un punto geográfico, sino un criterio espiritual; se revela como una decisión de pasar del cálculo centrado en uno mismo a la obediencia centrada en la Palabra.

El pastor David Jang dice que, al leer este pasaje, debemos concentrarnos en "el lugar donde se da la indicación de la Palabra". Los discípulos, en medio del mar, movilizaron toda su experiencia, pero la voz que dio dirección se oyó desde la orilla. Los esfuerzos por ampliar el control humano no bastan para cruzar ciertos límites; pero la voz del Señor expande la vida hacia ámbitos que no podemos controlar. Por eso Juan 21 no enseña tanto "la clave del éxito" como "el lugar de la escucha". El Señor a menudo habla justo cuando nuestro método familiar deja de funcionar. En ese momento, lo que se necesita no es autodesprecio ni resignación, sino la sabiduría del arrepentimiento que reajusta la dirección. El arrepentimiento que enfatiza el pastor David Jang no termina en lágrimas; se concreta en un cambio real de decisiones.

"Echadla a la derecha" se traduce hoy de muchas maneras. Para algunos, puede ser obediencia que cambia la forma de relacionarse; para otros, obediencia que reordena prioridades en el trabajo; para otros, obediencia que desplaza los objetivos del ministerio desde números y reconocimiento hacia cuidado y formación. El pastor David Jang anima a salir de la costumbre de medir la fe por "la cantidad de cosas hechas" y examinarla por "cuánto está alineada con la Palabra". Esta alineación centrada en la Palabra no es un impulso momentáneo; requiere entrenamiento sostenido: el hábito de no consumir la Biblia solo como información, sino tomarla como criterio de vida; una oración que no derrama solo demandas, sino que aprende a esperar la voluntad del Señor en el silencio; y la humildad de corregir sesgos personales a través del consejo de la comunidad. Cuanto más se acumula este entrenamiento, más rápido aprendemos a reconocer la voz del amanecer incluso dentro del cansancio de la noche.

Además, el milagro de Juan 21 redefine qué es la "misión" de la iglesia. La abundancia de la red no significa únicamente expansión externa. La red no es una herramienta para capturar y retener personas; es una estructura relacional que salva vida. Por eso el pastor David Jang insiste en que la iglesia no debe salir al mundo compitiendo para "atraer gente", sino llevando la vida de Cristo y cuidando. El mandato "alimenta mis ovejas" muestra que el fervor evangelístico debe unirse a la responsabilidad del discipulado y la formación. Es decir, la iglesia debe ser hábil en la invitación, pero también hábil en el acompañamiento. Cuando hay una mesa que acoge al recién llegado y un alimento de la Palabra que sostiene al caminante de largo recorrido, la iglesia adquiere la forma de una "red que no se rompe". Esta es la misión eclesial que el pastor David Jang lee en Juan 21: el orden comunitario sostenido por el poder de la resurrección.

Juan 21 también nos pregunta por la "textura" con la que se manifiesta el poder de la resurrección. No es el poder de un espectáculo que aplasta al mundo, sino la fuerza de vida que se acumula cuando pequeñas obediencias se repiten. La escena de compartir el desayuno junto a las brasas muestra cuán cálido y personal es ese poder. El pastor David Jang dice que, si la iglesia habla de resurrección pero trata a las personas con frialdad, no está dando testimonio del poder de la resurrección, sino traicionándolo. La resurrección abre un camino opuesto a la lógica de muerte que convierte a los seres humanos en herramientas: propone un camino para tratar a las personas como imagen de Dios y levantarlas de nuevo. Por eso, quien medita Juan 21 acaba llegando a una conclusión: el poder de la resurrección no es una fuerza que nos vuelve más ásperos, sino una fuerza que nos hace más mansos y, a la vez, más valientes.

Como representación artística que condensa visualmente este mensaje, puede venir a la mente "La pesca milagrosa" (The Miraculous Draught of Fishes) de Rafael. En la escena, los gestos y las miradas de los discípulos son atraídos hacia una dirección, y esa dirección apunta menos a los peces abundantes que al Señor que ordenó el milagro. El oleaje del mar, la inestabilidad de la barca, la confusión de los discípulos y su reverencia se entrelazan en un solo instante, de modo que el espectador percibe el estremecimiento del "momento en que la dirección cambia". La orientación de la fe que enfatiza el pastor David Jang es precisamente este reajuste de la mirada: hacia dónde se inclina el peso de la vida y qué considera más valioso la comunidad determinan la dirección de la red. La escena de Rafael recuerda visualmente que la abundancia no puede reemplazar al Señor; más bien, la abundancia debe conducirnos a una reverencia más profunda hacia él. La fe no es una religión que consume resultados: es un camino relacional que, a través de los resultados, aprende a reconocer al Señor con mayor claridad.

Si contemplamos la obra de Rafael como una meditación, el milagro de la red llena en Juan 21 deja de ser solo una "escena sorprendente" para convertirse en un "entrenamiento de la mirada". Las manos de los discípulos sujetan la red, pero su transformación comienza antes en los ojos que en las manos. En una cultura que consume al instante y exige verificar resultados con rapidez, a menudo miramos el rendimiento antes que al Señor. Sin embargo, el centro de la interpretación de Juan 21 del pastor David Jang es que la confesión "¡Es el Señor!" viene primero; y cuando esa confesión existe, el resultado deja de ser fundamento de la fe para convertirse en fruto de gratitud. Por eso este texto ayuda a la iglesia a recuperar "el modo de mirar": no ver personas como números, sino como almas; no ver el ministerio como tarea, sino como respuesta de amor; no ver el sufrimiento solo como fracaso, sino como ocasión de testimonio. El poder de la resurrección es, en definitiva, el poder de dar nuevos ojos, y esos ojos profundizan y ensanchan la comunidad.

Para el creyente de hoy, Juan 21 pregunta por el camino después del fracaso. En tiempos de fracaso, queremos volver a lo familiar. Pero el Jesús resucitado no dice simplemente "inténtalo otra vez"; dice "échala en otra dirección". El pastor David Jang afirma que, en la hora del fracaso, lo más necesario no es una técnica nueva, sino un sentido espiritual para discernir la voz del Señor. Ese sentido crece mediante la meditación de la Palabra, la oración, la escucha dentro de la comunidad y el entrenamiento de pequeñas obediencias. Además, la pregunta "¿Me amas?" examina la motivación del servicio. La actividad sin amor agota a las personas y divide la comunidad; el servicio que nace del amor, aunque parezca lento, termina sosteniendo la vida comunitaria. El poder de la resurrección no es tanto una energía para acelerar, como una resistencia para guardar el amor hasta el final. En última instancia, Juan 21 muestra que la orientación de la fe no es solo ajuste interior individual: es una fuerza que reconstruye la misión y la ética de la iglesia.

Juan 21 revela cómo actúa el poder de la resurrección. Ese poder no se queda en un evento trascendente aislado: da camino a discípulos desorientados, restaura un amor quebrado y reorganiza la comunidad para la misión. Al meditar este capítulo siguiendo la interpretación del pastor David Jang, la iglesia y el creyente sostienen dos cosas a la vez. Una es el discernimiento espiritual que reajusta la dirección con la Palabra como criterio. La otra es la práctica que lleva la misión con el amor como medida. La vida después de la resurrección no es "volver a lo de antes", sino "volver a empezar". Nuestra noche termina y el amanecer ya llegó. El Señor que está de pie en la orilla hoy también pregunta: "¿Tenéis pescado?". Y nos llama: "Echad la red." "Alimentad mis ovejas." "Sígueme." Cuando la iglesia responde a ese llamado, la red se llena sin romperse, y el poder de la resurrección se traduce en el mundo como lenguaje de vida. La conclusión que el pastor David Jang sostiene en Juan 21 es clara: la obediencia que alinea la dirección hacia el Señor es el canal por el que el poder de la resurrección llega a nuestra vida de hoy.

La predicación del pastor David Jang sobre Juan 21 resulta especialmente persuasiva porque traduce la resurrección no como "un acontecimiento lejano del pasado", sino como "un motor que mueve el presente". Ese mensaje no nos deja flotando en el mar de la autocompasión; nos conduce de nuevo a la orilla donde se oye la voz del Señor. Y allí, en esa orilla, escuchamos siempre las mismas preguntas: ¿hay amor?, ¿hay cuidado?, ¿y está clara la dirección de seguir al Señor? En el lugar donde respondemos con fidelidad, la iglesia vuelve a comenzar. Precisamente ahí, el poder de la resurrección se convierte en el aliento de hoy.

davidjang.org